Ayer mientras iba en el metro, desde Duoc a casa, leía en twitter a los eternos comentaristas de la TV. El tema esta vez era “caso cerrado para adultos”; la misma Doctora Polo, pero con veredictos y casos para mayores de 18.
Cuando llegué a casa, prendí la tele sólo y únicamente para ver dicho programita. Cuento corto: agarré el último caso que se trataba de un hombre que engañaba a su mujer con travestis (no transexuales). La Doctora concedió la demanda de divorcio. Fin del cuento. No obstante, ella dijo algo que me marcó significativamente y, es por ello, que di un preámbulo para llegar al tema.
Cuando se estaba dando cierre al programa, ella se manda un comentario que versa así: “las mujeres no comprendemos la naturaleza tan distinta que hay en los hombres; porque el hombre y la mujer poseen naturalezas muy distintas. Mientras nosotras pensamos en estar con el príncipe para siempre, ellos no. Los hombres, poseen fantasías que nosotras no comprendemos por nuestra naturaleza; pero qué va! Debemos entender que ellos sueñan con que nosotras los autoricemos, les demos permiso para darse una canita al aire; que les digamos: mi amor, hoy es tu noche, ve y date esos gustos”. Comprender que, a veces, es bueno tener esa canita al aire, es complicado para las mujeres(…)”.
Acá viene mi parte: ¿Quién dijo que la monogamia era un acto natural del humano? La moralidad cristiano católica impuesta es quien dio (y da) normativa a ese “código” de relaciones. No digo, tampoco, que la cosa es andar por la vida metiéndose con todos y teniendo pareja estable.
Cuando uno elige pareja, es porque conlleva algo más que sexo, amor y compañía; es un constructor a tu lado que sabe que se potencia y complementa contigo. No obstante ello, soy respetuosa de los espacios personales (y privados); creo que siempre es bueno tener esas “canitas al aire”. Mucho amor, proyectos y otros demases pueden existir, pero el ahogamiento es inevitable. Respirar en el oído de otro es sano, tal vez, no quedarse ahí, pegado, es momentáneo. Siempre se vuelve a la piel que uno anhela y considera como propia. Como dirían por ahí: una vez al año, no hace daño.








